Término: POPULISMO

Autor: Ana Haro González

Fecha de publicación: 20/09/2012 - Última actualización: 01/10/2012 18:18:25


I.          INTRODUCCIÓN. El populismo es uno de esos conceptos que todo el mundo utiliza pero que muy pocos se atreven a definir. De alguna forma, se trata de un fenómeno que, al estar fuertemente relacionado con el contexto político, social y económico en el que emerge, termina absorbiendo una gran diversidad de atributos, haciendo difícil la elaboración de una definición que sirva para todos los casos. Asimismo, la dependencia del concepto de las diferentes realidades y de los diferentes períodos en los que se inscribe hace que su relación con los derechos humanos esté supeditada a la concepción que cada sociedad tenga sobre los mismos en cada momento, convirtiéndose así en un movimiento que, en unas ocasiones, favorece la consolidación de derechos políticos y sociales y, en otras, los manipula y, por tanto, limita.  

Entre los diferentes autores que se han atrevido a dar una definición de populismo  seguramente la propuesta de Kenneth Roberts (1995: 88) sea la más clara y completa. De acuerdo con el autor, el populismo es un tipo de liderazgo político personalista y paternalista no necesariamente carismático que, recurriendo a estrategias de movilización verticales que trascienden la formalidad institucional o establecen vínculos directos entre el líder y sus seguidores, consigue obtener el apoyo de una coalición política heterogénea y multiclasista donde destaca el papel de las clases subalternas. Se trata así de una forma de liderazgo que se apoya en una ideología ecléctica que exalta la condición de sub-alternidad o de anti-establishment y que desarrolla políticas económicas redistributivas o clientelares que garantizan el apoyo de la coalición político-social.

 

II.       LAS DISTINTAS ETAPAS HISTÓRICAS. La definición de Roberts engloba, de alguna manera, diferentes aproximaciones temporales y disciplinares del fenómeno. Así, en cierta forma, los cinco atributos destacados por el autor pueden encontrarse en las diferentes etapas históricas en las que el populismo ha alcanzado mayor protagonismo. Según Weyland (2003), el populismo se da de forma clara en dos periodos concretos de la historia de América Latina, estos son, el período que abarca desde los años 30 hasta los años 60 y el período que se extiende en los años 80 y 90. El primer período, denominado por Drake (1982) el populismo clásico, se refiere a los movimientos multiclasistas que surgen tras la crisis económica del 29 y la quiebra del modelo agro-exportador; por su parte, el segundo período abarca lo que Weyland (2003) denomina neopopulismo, aludiendo a los movimientos políticos que surgen en el continente en los años 80 y que utilizan el apoyo de las masas para desarrollar políticas clientelares de tipo neoliberal. A estos dos periodos deberíamos sumarle una tercera etapa surgida ante el ascenso de los nuevos movimientos populares de izquierdas y los intentos de refundación de las naciones latinoamericanas.

1.      El populismo clásico. El populismo clásico se refiere a los movimientos políticos, económicos y sociales que surgieron tras la crisis del 29 en América Latina y que dan forma a experiencias tan conocidas como las de Juan Domingo Perón en Argentina, Gertulio Vargas en Brasil, Lázaro Cárdenas en México o Víctor Raúl Haya de la Torre en Perú. El populismo clásico, a pesar de englobar experiencias dispares, se caracteriza por la emergencia de un líder fuerte y paternalista que, con el apoyo de una coalición multiclasista, consigue desarrollar un nuevo proyecto nacional. Así, el populismo clásico consigue insertar en el sistema político a miles de ciudadanos que estaban al margen del mismo, extendiendo el derecho de voto y ampliando los espacios de participación corporativa. Se trata, en la mayoría de los casos, de proyectos colectivos que superan las concepciones liberales, alejándose de los derechos de los individuos para centrarse en los derechos del pueblo (Freidenberg, 2007). La concepción corporativa de la participación política hace que, si bien estos movimientos nazcan con el objetivo de democratizar la sociedad, terminen convirtiéndose en regímenes autoritarios donde existe un disfrute limitado y condicionado de los derechos civiles (Knight, 1998).

Desde el punto de vista económico, el populismo clásico se caracteriza por la consolidación del modelo de desarrollo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), el cual tenía como principal objetivo el fortalecimiento de la industria nacional frente a las inversiones extranjeras. Éste es un modelo basado en el proteccionismo, la inversión pública, la nacionalización de las industrias estratégicas y el control de precios (Cavarozzi, 1996). En países como Brasil y México, el modelo ISI permite consolidar industrias pesadas que trascienden los mercados tradicionales primarios mientras que en el resto de los países del continente el nuevo modelo de desarrollo desemboca inevitablemente en fuertes procesos de estagnación.

Finalmente, desde el punto de vista social, el populismo clásico se apoya en coaliciones heterogéneas donde convergen grupos sociales tradicionalmente antagónicos (Freidenberg, 2007). Así, en Brasil y en menor medida en Argentina, la burguesía apoya a Gertulio Vargas y a Juan Domingo Perón como medio para consolidar su rol preponderante en la economía frente a los oligarcas tradicionales y para frenar el ascenso del comunismo revolucionario. Por su parte, las clases medias apoyan en México o en Perú la extensión de los derechos políticos y el fortalecimiento de los espacios públicos dentro de los cuales ellos pueden ascender. Finalmente, en todos los países, el populismo consigue atraer a las clases populares gracias al desarrollo de un clientelismo social, el cual, a través de un sistema de dependencia corporativa, consiguió mejorar las condiciones laborales y de vida de muchos trabajadores. En cada caso, la atracción de múltiples grupos se consigue a través de un discurso y una práctica eclécticos, mezclándose políticas de nacionalización con intercambios comerciales internacionales en México y combinando un discurso antiimperialista con negociaciones estratégicas con Estados Unidos en Brasil.

Dicho esto, la relación entre el populismo clásico y los derechos humanos cristaliza en un arma de doble filo, por la cual, al tiempo que se extienden los derechos políticos y sociales a un conjunto mayor de la población, cristaliza el AUTORITARISMO. Esta doble tendencia hace que los derechos humanos básicos –libertad de expresión, de voto, de asociación, a la educación, a la vivienda- se reconozcan dentro de un sistema político-social corporativo, el cual impondrá los límites y los márgenes dentro de los cuales se pueden ejercer los mencionados derechos. Fuera de ese espacio de acción limitado, el populismo clásico tiende a restringir su ejercicio. Los derechos humanos en este tipo de populismo están supeditados a la debilidad política y social del momento, prevaleciendo en América Latina en esa época el interés por el orden antes que el libre desarrollo de los individuos.

2.      El neo-populismo. Por su parte, el llamado neo-populismo es un movimiento político que surge en la década de los 80 y 90 y que tiene como máximos exponentes a Carlos Saúl Menem en Argentina, Carlos Salinas de Gortari en México, Alberto Fujimori en Perú y a Fernando Collor de Melo en Brasil. Estos movimientos, al igual que en el populismo clásico, se apoyan en líderes carismáticos y personalistas que acceden al poder con discursos anti-oligárquicos o anti-partidistas con los que prometen crecimiento económico y redistribución de la riqueza (Stokes, 2001). Se trata, en todos los casos, de líderes que tratan de proyectar una imagen mesiánica que les permita concentrar el poder y, por tanto, trascender los límites institucionales. El carácter plebiscitario de estos gobiernos hace que, en casi todos los casos, se debiliten los mecanismos de protección de la ciudadanía y de control del gobierno, ampliándose así el margen de estos últimos para violar los derechos humanos sin que las instituciones judiciales o representativas puedan imponer su voz.

Los neopopulismos, de nuevo al igual que los populismos clásicos, desarrollan políticas económicas que les permiten seguir manteniendo una red clientelar que les garantiza el apoyo político futuro. Sin embargo, la naturaleza de estas políticas es completamente opuesta a la del período anterior. Así, en vez de potenciar la industria nacional, los líderes neopopulistas liberalizan los mercados, llevan a cabo múltiples privatizaciones y reducen drásticamente el gasto público (Panizza, 2000). Estas políticas aumentan la situación de vulnerabilidad de los ciudadanos e incrementan el número de trabajadores informales. Los líderes neopopulistas consiguen seguir manteniendo el apoyo de esas nuevas masas empobrecidas a través de la distribución clientelar de los beneficios de las privatizaciones (Roberts, 1995).

La combinación de medidas económicas liberalizadoras con estrategias clientelares permite a este tipo de liderazgos mantener una base de apoyo multiclasista. Así, las clases pudientes buscan con el mencionado apoyo una mejora de sus exportaciones y nuevas oportunidades para hacerse con una parte de la economía. Por su parte, las clases mantienen su apoyo al líder para seguir beneficiándose de las políticas clientelares de su gobierno. En estos casos, las clases medias, normalmente dependientes de la economía pública, son las más perjudicadas. Como en el caso del populismo clásico, el neopopulismo desarrolla un discurso mixto y, en ocasiones, incoherente donde se apela a la nación, mientras se liberaliza o se mantiene un discurso anti-oligárquico mientras se aumentan las desigualdades (Weyland, 2003).

La relación entre el neo-populismo y los derechos humanos en esta etapa es mucho más convergente que en la etapa anterior, lo cual no evita que mantenga sus luces y sus sombras. El neo-populismo surge en la mayoría de los países latinoamericanos en un contexto de inestabilidad económica y por tanto social, lo cual lleva a los mandatarios emergentes a acudir a la defensa del orden como medio para avanzar hacia la estabilización. Esta fijación con el orden junto con el debilitamiento de los controles institucionales que suele conllevar todo tipo de populismos, llevaron a presidentes como Menem o Fujimori a violar los derechos humanos de forma abierta. En el caso de Fujimori, el enfrentamiento con la guerrilla hizo que el ejército abusará impunemente de miles de ciudadanos del interior del país. Afortunadamente, la vigilancia internacional de los derechos humanos estableció fuertes presiones sobre este tipo de liderazgos para que sus acciones cumpliesen los convenios de respeto a los derechos humanos, consiguiendo así que los abusos no pasasen desadvertidos y que los culpables tuviesen como destino inevitable el juicio penal (IMPUNIDAD).

3.      El populismo reciente. Finalmente, los nuevos populismos emergidos del actual ciclo político latinoamericano aparecen como una fusión de los dos tipos de populismos anteriores. Los máximos exponentes de este período son Hugo Chávez en Venezuela y, en menor medida, Evo Morales en Bolivia o Rafael Correa en Ecuador. Este nuevo tipo de movimiento se apoya en un líder carismático y personalista que se presenta como solución a los problemas del país y como mediador en todas las batallas políticas, económicas y sociales (Freidenberg, 2007). Se trata, en todos los casos, de líderes políticos que reclaman un fortalecimiento de la soberanía popular y nacional, enarbolando nuevas banderas identitarias que, en Bolivia y Ecuador, desembocan en el reconocimiento de derechos indígenas y colectivos.

Los nuevos liderazgos llegan al poder con un discurso anti-oligárquico y anti-partidista que les permite conectar con las clases medias y bajas, fuertemente desprotegidas tras las políticas de liberalización. Asimismo, éstos líderes mantienen un discurso difuso que les permite atraer bajo el paraguas de lo popular o de lo nacional a grupos sociales ciertamente heterogéneos. En la práctica, estos gobiernos mantienen un equilibrio, a veces difícil, entre la nacionalización de la economía y la contratación de inversores extranjeros. Al igual que en el resto de los populismos, los nuevos liderazgos desarrollan políticas económicas clientelares que, a través de nuevos corporativismos o de nuevos fondos sociales, buscan la satisfacción de las necesidades básicas de todos los individuos de una manera clientelar.

La relación entre los derechos humanos y los populismos recientes es mucho más cautelosa. Hay que tener en cuenta que la presión tanto nacional, como internacional sobre el respeto a los derechos humanos es muy fuerte y los costos de ir contra ella suelen ser mucho mayores que cualquier beneficio que se pueda obtener. Además, la aparición de nuevos líderes que representan a grupos subalternos permite la toma en conciencia de las identidades y los derechos que estos nuevos grupos proclaman. De manera particular, el ascenso de líderes como Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia ha dado voz a los colectivos indígenas, fortaleciendo los DERECHOS COLECTIVOS y ancestrales. Por su parte, el ascenso del movimiento bolivariano ha facilitado una participación que anteriormente estaba prestada a las familias políticas tradicionales.

Pero el carácter anti oligárquico de los nuevos populismos también ha tenido sus enfrentamientos con los derechos humanos. De alguna manera, los controles sobre los medios de comunicación de la oposición o la utilización discrecional de la justicia han frenado el libre ejercicio de los derechos individuales. En el primer caso, gobiernos como el de Hugo Chávez han escudado el cierre de ciertos medios de comunicación en el derecho a ser bien informado, proclamando que el monopolio mediático de la élite va en contra de la definición democrática del país. En el segundo caso, se observa en casos como Bolivia, el desarrollo de juicios contra la oposición que, sin embargo, no son desarrollados contra miembros del gobierno, existiendo para ambos casos el mismo tipo de delito. El control mediático y la utilización discrecional de la justicia implica un retroceso en los logros alcanzados en el continente en relación al disfrute de derechos humanos.

 

III.    CONCLUSIÓN. De todo lo anterior se puede concluir que el populismo es un movimiento que, al transformar desde arriba el proyecto nacional, tiene un impacto directo sobre el disfrute de los derechos de los individuos. Recapitulando las características de los tres períodos, el populismo se presenta como una forma de liderazgo y movilización políticos donde un líder personalista, eludiendo la institucionalidad, consigue movilizar a un grupo multiclasista en el cual destacan los subalternos. El tipo de políticas llevadas a cabo y las coaliciones que apoyan el movimiento cambian de un período a otro, lo cual confirma que el populismo es un fenómeno fuertemente vinculado al contexto socio-político en el que surge. Sin embargo, se observa una línea compartida entre todos los periodos basada en la figura presidencial, en la legitimidad social frente a la legitimidad institucional y en la inclusión de múltiples grupos que quedaban al margen del quehacer político.

Esta forma de inclusión supra-institucional tiene consecuencias tanto positivas, como negativas sobre los derechos humanos. Los efectos positivos de las tendencias populistas están relacionados con la extensión de los derechos políticos y sociales al conjunto de la ciudadanía y con el ejercicio efectivo de derechos como la expresión y participación. Asimismo, las tendencias populistas suelen introducir en la agenda nuevos derechos que se mantenía latentes, como los derechos INDIGENAS. Los efectos negativos del populismo están relacionados con la vulneración de la institucionalidad y con el carácter autoritario de los corporativismos. La debilidad institucional hace que el gobierno, el orden y el ejercicio de la justicia dependan de la cúpula presidencial, debilitando los controles horizontales. El corporativismo hace que aquellos que no estén integrados en el colectivo correspondiente encuentren mayores dificultades para ejercer derechos básicos. Se trata, por tanto, de una relación de doble filo, donde los beneficios del movimiento pueden terminar resultando las deficiencias del mismo.

 

BIBLIOGRAFÍA. Cavarozzi, Marcelo (1996): El capitalismo político tardío y su crisis en América Latina. Rosario: Homo Sapiens; Connif, Michael (ed.) (1982): Latin American Populism in Comparative Perspective. Albuquerque: New México University Press; Drake, Paul W. (1982): "Conclusión: Réquiem for Populism?", en Michael Connif (ed.), Latin American Populism in Comparative Perspective. Albuquerque: New México University Press; Freidenberg, Flavia (2007): La tentación populista. Madrid: Síntesis; Germani, Gino (1969-1970): “Stages of modernization in Latin America”. Cultures et développement. Revue Internationale des sciences du développement , Vol II, nº2, pp: 275-313; Knight, Alan (1998): “Populism and Neopopulism in Latin America, Especially Mexico. Journal of Latin American Studies, Vol. 30, Nº 2 (May), pp: 223-248; Laclau, Ernesto (2005): La razón populista. México DF: Fondo de Cultura Económica; Panizza, Francisco (2000): “Beyond Delegative Democracy: Old Politics and Ne Economics in Latin America”, Journal of Latin American Studies, 2000, Vol 32(3), pp: 737-763; Roberts, Kenneth (1995): “Neoliberalism and the Transformation of Populism in Latin America: The Peruvian Case”. World Politics, Vol. 48, Nº 1 (Oct), pp: 82-116; Stokes, Susan (2001): Mandates and Democracy. Neoliberalism by Surprise in Latin America. Cambridge: Cambridge University Press; Touraine (1993): “America Latina: del populismo a la socialdemocracia”, en Vellinga, Menno: Democracia y Política en América Latina. Buenos Aires: Siglo XXI; Vellinga, Menno: Democracia y Política en América Latina. Buenos Aires: Siglo XXI; Weyland, Kurt (2001): “Clarifying a Contested Concept: Populism in the Study of Latin American Politics”. Comparative Politics, Vol. 34, Nº1 (Oct), pp: 1-22; ÍD: (2003): “Neopopulism and Neoliberalism in Latin America: how much affinity?. Third World Quarterly, Vol 24, Nº 6, pp: 1095-1115.